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Qué demonios es Kwass y qué más da lo que sea

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Encontrarse con una sorpresa inesperada, en la mayor parte de las ocasiones por las limitaciones propias, es siempre un regalo para el lector. La, a veces, bendita ignorancia, la imposibilidad de seguir la mayor parte de informaciones de tipo literario o bien la pura casualidad, hacen que una vez de cada cien, y tirando por lo alto, puedas enfrentarte a un libro de una manera virgen, esto es, sin conocer a su autor y sin que una sinopsis haya contaminado al menos un poco el juicio. Estas situaciones, desde luego, son cada vez más raras. Si además la obra en cuestión resulta tan brillante como Kwass o el arte combinatoria se queda cierta sensación de… ser un tarugo. Y uno se pregunta dónde andaba metido para que el hecho de leerla procediera de una concatenación de situaciones azarosas, expresión bien afectada que también se podría haber resumido en de pura suerte o de milagro. Y esa suerte partió de alguien que me envió el libro junto a la siguiente afirmación: léetelo que te va a gustar. Y acertó de lleno.

Tras el azar llega la complicada misión, algo así como intentar trasladar en una reseña lo que ofrece Kwass. Unas respiraciones hondas y vamos allá.Dónde estarán esas referencias cuando se las necesitan. Bien. Esto se me ocurre, y no me hagan mucho caso tampoco. Imaginemos una mezcla de ciertos tonos de Eduardo Mendoza, la exquisita elegancia para el humor de Juan García Hortelano, o el gusto por los bestiarios y la fabulación de Ferrer Lerín. Junto a ello un gran conocimiento de los géneros literarios -varios de ellos parodiados de forma muy sutil- y buenas dosis de sexo de las que dejan a Xhamster o Youporn en páginas infantiles. ¿Quiere decir esto que la novela es una mezcla de Eduardo Mendoza, García Hortelano, Ferrer Lerían y escenas sexuales que …? No, pare usted, y me lo estoy diciendo a mí mismo. Lo expresado es tan sólo un modo de poder definir muy difusamente la peculiaridad de estas páginas. Esa peculiaridad llega hasta el punto de que al cerrarla, y dicho de forma coloquial… no se sabe exactamente de qué va. Y encima da igual, sus sugerencias son más que suficientes, y el planteamiento honrado, en el sentido de que no hay en su autor, Diego Luis Sanromán, asomo alguno de impostura. La creatividad y libertad que transmite hace que se eche en falta un sello en la portada que indicase: el escritor ha hecho lo que le ha dado la gana.

kwass

Recuerdo ahora las numerosas diatribas que en sus entrevistas lanza Vila-Matas contra lo que suele calificar algo así como de plaga de realismo castizo en España, apostando luego por la imaginación y los puntos de vista singulares, por hacer una literatura personal e intransferible, o sea, que se arriesgue -aún pudiendo hacer el ridículo- para que nadie escriba como uno mismo. Ese parece haber sido el camino escogido por Sanromán, el particular sanromanismo que empieza y termina en él, atreviéndose a despeñarse con ciertos excesos y saliendo airoso de la empresa, aunque al pasar por el borde de ciertos desfiladeros hasta se han precipitado rocas de buen tamaño al vacío. Ufff. Por poco.

Al final sin embargo consigue salir sano y salvo, ofreciendo una novela corta estimulante, ingeniosa y con un extraordinario sentido del humor no apto para todos los paladares, sin que signifique que aquellos aptos sean mejores o peores. Sencillamente es un plato de sabor poco acostumbrado en el que no entrarán muchos. Aquellos que sí gusten de este primer plato/segundo plato/postre (pues tiene un poco de todo) saldrán, eso sí, encantados y conscientes de encontrarse ante un escritor sobresaliente con multitud de lecturas a cuestas, amplia formación y conocedor de los mecanismos de los diversos géneros literarios. Además de mucha guasa, que se diría en Andalucía.

Pero sobre todo Kwass es la narración sin argumento concreto de un rompecabezas metaliterario y sobre el propio hecho de escribir que declara la guerra al aburrimiento. En efecto, se suelen buscar expresiones rimbombantes para definir las novelas u obras artísticas, estando penada la diversión (al menos en España, no resulta extraño ver que novelistas británicos, por ejemplo, se declaran orgullosos como novelistas-humoristas). Y esta novela es, sin más, divertidísima (curiosamente podemos decir lo mismo de Mendoza -últimamente menos-, García Hortelano, Ferrer Lerín o Vila-Matas).

Así que si consideran que el disfrute es insano, pecaminoso, inconveniente o, todavía peor, superficial e intrascendente, no se acerquen a Kwass o el arte combinatoria. Correrían el riesgo de pasarlo mejor que bien. Y eso, seamos serios, no puede ser.

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