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500 noches de luna de miel

500 noches de luna de miel, Víctor Manuel Robledo (Nutopia, 2021)

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Algunos seres tienen la extraña habilidad de estrujar el tiempo y estirarlo más allá de su propia naturaleza. Le sucede a Joaquín Sabina, que a estas horas duerme al revés del mundo en su piso de la calle Relatores, en Madrid. Son las seis de la tarde del viernes 16 de agosto de 1996. Joaquín llegó hace unos días de La Coruña, donde ofreció uno de los conciertos de la gira con la que está recorriendo España junto a Los Rodríguez desde hace un mes. Lo que haya sucedido desde que cruzó el umbral de su portal solo lo sabe él, o tal vez ni eso. Mientras apura el último rato de sueño bajo la colección de máscaras venecianas y el espejo de cuadros que cubren la pared de su cama, tras la puerta del despacho del piso se oye a alguien hablar por teléfono. Su secretario, un periodista granadino llamado Paco Espínola, trata de concretar el encuentro con el periodista de El Periódico de Catalunya con el que Joaquín tiene programada una entrevista justo ahora para hablar de todo un poco, sobre todo del disco Yo, mi, me, contigo que publicó a finales de junio.

—Hay que retrasarla una hora. Joaquín está durmiendo —anticipa con naturalidad Paco, acostumbrado ya a improvisar la agenda de su jefe.

El redactor, Ángel Martín, maneja como puede la situación. Desde que comenzó las gestiones para entrevistar a Joaquín Sabina calcula haber hablado más de veinticinco veces con su secretario. A su lado se encuentra Jorge Represa, el fotógrafo freelance junto al que suele trabajar en esta clase de reportajes. Represa resopla por dentro cada vez que su compañero comparte con él la última hora de las conversaciones. El encargo de la redacción de Barcelona lo pilló disfrutando de la playa en Zahara de los Atunes, en la costa gaditana, y ha tenido que interrumpir de urgencia sus vacaciones. Allí mismo, cerca del punto donde el mar Mediterráneo y el océano Atlántico se funden, comenzó a pensar qué clase de sesión podía encajar con un personaje como Sabina. Represa, vallisoletano de 28 años, pertenece a esa generación que se ha hecho adulta con sus canciones como fondo, y lo conoce bien. Pronto empezó a tener ideas: un ángel de alas negras caído en la ciudad, un chaquetón raído, alguna calle del centro como escenario, tal vez unas flores…En cuanto lo tuvo claro del todo llamó a la asistente de producción de su estudio para que pidiera el material a la empresa con la que trabajan los temas de atrezzo y se vino a Madrid.

El barrio de Lavapiés se encuentra mucho más vacío de lo normal, igual que toda la ciudad. Al letargo clásico de cada verano se suman los efectos de la operación salida por la segunda quincena de agosto y por el puente del día de la Asunción de la Virgen, celebrado ayer. En la Gran Vía solo se ven taxis blancos y autobuses turísticos que desafían el calor de la capital. Los termómetros superan ampliamente los treinta grados, suficiente como para que hasta el propio cielo se vuelva loco por momentos. El diario El País dedica un espacio en la parte inferior de su portada de hoy a la tormenta de verano que obligó anoche a intervenir a los cuerpos de seguridad en algunas zonas del sur de Madrid y anegó también varios pueblos del interior de Andalucía. En realidad, tampoco hay mucho más que contar en estos días en que la mitad de España disfruta de sus vacaciones en la costa. Las cadenas de televisión cubren el prime time de sus parrillas con series repetidas y torneos de fútbol veraniegos. Televisión Española emite en unas horas una nueva entrega del Grand Prix en la que los vecinos de la localidad asturiana de Muros del Nalón se enfrentarán a los de Betxí, de Castellón. Antena 3 ha programado el Trofeo Ciudad de Palma, un test más de pretemporada para el primer Barça en ocho años sin Johan Cruyff como entrenador.

Media hora después de su última intentona telefónica, Ángel Martín y Jorge Represa reconocen una silueta velada por el sol en la terraza del bar que hay debajo de casa de Joaquín Sabina, justo frente a una de las bocas de metro de la plaza de Tirso de Molina. Joaquín está desayunando unos boquerones con vinagre, una cerveza, dos cafés bien cargados y unos cuantos Ducados. Un chaval que parece haber apurado también la noche se le acerca para pedirle un cigarrillo; otro trata de venderle una caja con quién sabe qué contenido.

—Tío, son solo cuatrocientas pesetas —le suelta.

Represa aprovecha el momento para explicarle su idea de la sesión de fotos. Los dos han trabajado juntos en varios reportajes anteriormente y tienen ya cierta complicidad entre sí. De primeras, Joaquín amenaza en broma con romperle el plan incluso antes de escucharlo —«me da igual lo que quieras, voy a decir que no»—. Su firmeza, sin embargo, vence en cuanto oye hablar de las alas de plumas negras.

—Ya me has vuelto a liar.

Tras abonar las consumiciones, todos se suben a un taxi en dirección al barrio de Chueca, concretamente a la calle Belén. Represa tiene su estudio fotográfico a menos de cien metros de allí, en la Plaza de las Salesas. Es una zona que conserva la esencia del Madrid de antes, con callejuelas empedradas y edificios bajos, muy cerca del palacio Longoria que alberga la sede de la Sociedad General de Autores. En principio, el propio estudio iba a servir como centro de operaciones para el cambio de vestuario, pero Joaquín ha propuesto utilizar un restaurante mexicano del que es socio, La Mordida, situado en el número 13 de esa misma calle. Durante la sesión solo pone como condición llevar puestas las gafas de sol.

—Me da vergüenza y no quiero que digan que Sabina está montando el numerito —explica a Represa y a Ángel Martín. Genoveva, la asistenta de producción del estudio, se ha unido también al grupo.

Por esta zona de Chueca apenas pasan a esta hora unos cuantos vecinos que miran de reojo la escena de camino a sus casas. Represa dispara un carrete de 36 fotos y la cola de otro con una cámara Canon de 35 milímetros con la que no trabaja a menudo. La sesión dura menos de diez minutos y es registrada en 9 diapositiva en blanco y negro, no en negativo. Represa siempre opta por este formato en encargos así para optimizar el tiempo sin necesidad de iluminación artificial. Algunas imágenes se toman en el interior del propio restaurante mexicano; otras, frente al número 7 de la calle Belén, a un par de metros de una tienda de discos llamada Manu Récords; las últimas, paseando de frente y de espalda por la zona. Sabina viste un chaquetón largo de tono oscuro que Genoveva ha agujereado por detrás para ponerle las alas, sujetadas al cuerpo por un arnés. En la mano lleva un ramo de flores y un cigarro encendido al que pega unas cuantas caladas cada vez que Represa dispara.

Si el Joaquín que se instaló en Madrid en 1977 para grabar su primer disco se cruzara con el actual esta tarde por las calles de Chueca, seguramente no se reconocería. La barba espesa, el pelo largo y el aspecto de cantautor al uso que lucía en sus inicios fueron desapareciendo a medida que encontraba su propia versión estética y musical. A estas alturas, con diez discos de estudio y dos en directo, puede decirse que atraviesa el mejor momento de su carrera. Yo, mi, me, contigo, publicado hace apenas un par de meses, completa junto a Física y química (1992) y Esta boca es mía (1994) una trilogía clave para su consagración artística tanto en España como en Latinoamérica. El global de ventas de estos tres trabajos se acerca ya al millón de copias. En el éxito seguramente ha tenido que ver la incursión cada vez mayor de Joaquín en estilos latinos, desde la ranchera hasta el bolero, pero también la consolidación de un equipo de trabajo estable con Pancho Varona y Antonio García de Diego, los productores de todos sus discos desde 1988 y autores de la música de muchas de sus mejores canciones, como «La del pirata cojo», «Peor para el sol», «Contigo» o «Y sin embargo».

De Joaquín lleva años destacándose su talento como letrista más allá de su voz o sus aptitudes musicales, aunque no menos importantes han sido su capacidad para adaptarse a su entorno y su intuición. La propia formación de su equipo de confianza tiene un poco de las dos cosas. A Pancho Varona lo conoció por casualidad una noche de 1982 en La Mandrágora, el garito del Madrid de los Austrias donde tocaba con Javier Krahe. Joaquín preguntó en alto si alguien conocía a un guitarrista y Pancho, habitual entre el público, levantó la mano. Desde entonces ha estado siempre a su lado, primero como componente del grupo Viceversa que le acompañó en directo cuando electrificó su música y más tarde, ya en solitario, como hombre de máxima confianza tanto en el estudio como en el escenario. A Antonio, músico de Ana Belén y Víctor Manuel durante toda la década de los ochenta, se pasó meses persiguiéndolo con la firme intención de que produjera sus discos, y eso que hasta aquel momento apenas había desarrollado esa labor en un par de trabajos menores. Joaquín sabía que era un guitarrista y pianista excelso, además de un tipo con talento a la hora de escribir los arreglos de las canciones. De una manera u otra, Panchito y Antoñito —así los llama él— llegaban hasta donde no podía hacerlo por su cuenta. Su carrera habría ido por un camino distinto de no haberse cruzado con ellos.

Al terminar la sesión fotográfica en la calle Belén, de camino a un taxi, Joaquín se despide del grupo con la misma mueca de seriedad con la que acaba de ser retratado. Mañana tiene otro concierto de la gira con Los Rodríguez en Palma de Mallorca.

—Los caballeros no conducen, no miran escaparates, no bailan y no sonríen —sentencia antes de irse.

Las fotos se publican al cabo de un mes, el domingo 15 de septiembre de 1996, en el suplemento Dominical que acompaña los fines de semana en los quioscos a El Periódico de Catalunya. «Sabina: el ángel de Madrid» es el titular de la portada. En la entrevista, Joaquín habla de su nuevo disco, de su tendencia a la nocturnidad, de los bares, de mujeres y de la fama de golfo que lo ha ido envolviendo a medida que su popularidad aumentaba. «Asumo la responsabilidad de esa caricatura, aunque prefiero que opinen sobre mis canciones y no sobre mis actitudes. Si uno es bocazas o lo que sea, lo es

hasta la muerte y no tiene mucho arreglo», responde con cierto amargor en una de las preguntas. Represa se ha desplazado desde Madrid hasta la redacción de Barcelona para poner las imágenes en página junto al redactor jefe de diseño, algo que no hace muy a menudo. El resultado de la sesión tras revelar los carretes le gustó tanto que ha enviado también una copia enmarcada al despacho de Paco Lucena, el representante de Joaquín. Hasta que esas fotos cobren de nuevo vida tendrán que pasar tres años con más noches que días. Solo un ángel con alas negras puede estrujar el tiempo de esa manera.

Sobre el autor y su libro
En 500 noches de luna de miel, Víctor Manuel Robledo reconstruye la historia de «19 Días y 500 Noches» a través de los recuerdos de más de una veintena de personas que vivieron cerca de Joaquín Sabina el proceso de creación de un disco clave en su carrera.

A lo largo de sus 192 páginas, el lector descubrirá las letras originales de varias canciones antes de que tomaran su forma definitiva, los secretos del estudio de grabación y las negociaciones con la discográfica para elegir el repertorio final, entre otros detalles inéditos.

Víctor Manuel Robledo (Gijón, 1984). Licenciado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid, ha trabajado en medios de comunicación como MARCA, Cuatro o El Comercio, además de colaborar de forma habitual en programas de radio y televisión. 500 noches de luna de miel es su tercer libro.

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