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Roxe de Sebes: un mundo ya desaparecido

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Cabañas como las de Roxe de Sebes se hacían para refugio de ganado y hombres, también para guardar el heno en el verano y poder recogerlo a medida que el invierno avanzaba. Estuve ligado a aquel escenario siete años si sumamos más de veinte temporadas, en etapas que duraban de dos a cuatro meses. Casi nunca nadie llegaba hasta allí. Raramente un cazador o un pastor se acercaban a aquellos pastos altos, hoy completamente abandonados. A veces venía algún vecino a los prados de Mazales, donde el valle se abría más abajo, y me acercaba o no, según la marcha del trabajo. Es difícil olvidar las pláticas en torno al fuego con Juan o Venancio, pastores de un mundo ya desaparecido. Sin embargo, escogí aquella cabaña, retirada más arriba del valle de Mazales, pensando en su aislamiento con respecto incluso a la limitada vida agrícola que entonces quedaba en las montañas. Después de dos semanas de trabajo, bajaba dos tardes seguidas a Soldón, donde las relaciones eran cordiales y cargadas además con el entusiasmo de quien viene con la sed de humanidad que se cría en un lugar inhóspito. Aquel whisky en la taberna de Vicente, las comidas en la casa de Felisa y José, las visitas a O Mazo. Domingo, Rosa, Sara, Gumersindo, Amancia y sus hermanas. Después, en el silencio de Roxe de Sebes, que a veces era impresionante, se labraba una memoria que llegaba a ser como un continente. El único sostén era trabajar con ahínco en la herencia de imágenes pasadas, pensamientos y vivencias.

Atar, desatar, volver atrás, pararse, perderse, levantarse otra vez. Bajo un cielo cambiante, aquello era el camino de la duda, del asombro y la desesperación. Había que recordar todo el pasado a la orilla del fuego, una música que, como la del agua, es siempre igual y siempre distinta. La única ocupación era darle forma a un pasado turbulento, intrincado y querido a la vez. Se respiraba sobre todo lo vivido, abriéndole camino a las capas soterradas para dejar que su infancia, la mudez de su fondo, tomase otra vez el mando. En este escenario, envuelto por un tiempo que no puede dejar atrás nada, redondo como el ciclo de los crepúsculos, la solidaridad comienza por lo que calla, un orden infinito de cosas mudas. Pensando, uniendo y separando, llegué a meterme tanto en las vidas de los otros que alguna vez sentí miedo: “un miedo de nada, que me puede matar”, decía Novoneyra. Llegó a ser temible también la precisión de la memoria: ¿sabéis lo que es ponerse un tema musical en la cabeza y poder distinguir nítidamente cada instrumento, por separado? Y supe otra vez lo que es estar abrumado por la soledad, ese extraño cansancio que lleva a arrastrar los pies, incluso con síntomas físicos de gripe. A veces, desde ese tremendo aislamiento, sentado en la hierba del collado con los prismáticos, la visión del tibio mundo humano, allá abajo en la llanura leonesa, producía una extenuante nostalgia. Y sin embargo hay que decir que la tónica media allí arriba era la fortaleza, una estabilidad emocional que no siempre tenemos.

Paralelamente al trabajo filosófico, llevaba el detalle de una crónica de la naturaleza, de albas, tardes, hojas de hierba, como si esa migración sin fin de seres silenciosos fuese la Historia, la verdadera epifanía del espíritu. El hombre se apea de toda vanidad siguiendo ese periplo diario de nubes, piedras, gotas de agua. El aislamiento propicia además una percepción detallada: ciertos insectos de mayo, al echar a volar juntos, parecían levantar los prados de hierba. Como un espía que trabaja para otro mundo, pasé horas enteras mirando el agua o las hojas, intentando comprenderlas. Claro está que a esta experiencia no le es ajena una vivencia peculiar de lo religioso, cercana quizá a una fe paleo-cristiana, anterior a nuestras instituciones históricas. Fue inevitable una mezcla de sensualidad e intuición religiosa, incluso un cierto misticismo oriental para llenar la soledad y encontrar compañía en aquella tierra. Poblar un territorio comienza por nombrar, por recobrar la resonancia de los nombres. Esto es lo adánico. Empujados por las circunstancias, la función poética del lenguaje (que se suele poner en último lugar) pasa a ocupar el primero, cercano a un trascendental pragmatismo diario. Y efectivamente, uno tenía entonces una renovada solvencia práctica para afrontar los imprevistos de lo cotidiano. Las cartas a la familia, por ejemplo, siempre terminaban con una letanía de tareas precisas que habría que hacer en esto o en lo otro. La única forma de estar a la altura de aquella tremenda paz, de no ser devorado por ella, era realizar la más amplia diversidad de ocupaciones desde las primeras horas del día. En las fotografías o en el fuego de la chimenea, en la pesca o en la cocina, todo era realizado con una perfección casi taoísta que intentaba estar a tono con aquella susurrante tierra mortal.


Este fragmento pertenece al episodio IV, Diarios, de Roxe de Sebes. Podéis conseguirlo, ya lo sabéis, en nuestra generosa red de librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, que te buscamos una.

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