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Un viaje espiritual a Irán [por Dionisio Cañas]

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Mi viaje a Irán empezó el 11 de septiembre del año 2001. Entonces yo vivía en Nueva York. Las emblemáticas Torres Gemelas de aquella ciudad fueron destruidas por un ataque terrorista. Según todos los indicios, éste había sido orquestado y realizado por extremistas musulmanes. Aquel día la pregunta que se hicieron muchos norteamericanos era de carácter político: «¿Por qué los islamistas nos odian tanto?». La pregunta que yo me hice fue muy diferente, era de orden cultural: «¿Por qué desconozco tanto el mundo islámico, que es una parte fundamental de la historia de España, el país donde nací?».

Como buen neoyorquino yo vivía en las nubes (fascinado por la ciudad, era un esclavo de Nueva York), pero aquel fatídico día de septiembre me abrió los ojos ante asuntos sobre los cuales nunca había pensado: como el odio, la crueldad, la compasión, el fanatismo religioso y político, la espiritualidad que unían y separaban Oriente y Occidente, más allá de Manhattan, más allá del Imperio norteamericano, mi país de adopción y donde me había formado emocional e intelectualmente.

Por aquel entonces, la espiritualidad para mí no era una alternativa. Inmerso en la realidad visible, pragmática, en absoluto me preocupaba por la otra realidad, la invisible, transcendental. Ocupado por las pasiones del cuerpo y del corazón, no tenía tiempo para el otro corazón, el de la espiritualidad. No obstante, la poesía, eso sí, a veces me impulsaba a explorar el corazón humano, el mío propio y el de la sociedad, aunque desde el punto de vista más cotidiano, conflictivo, carnal y definitivamente occidental.

Muchos años antes, inconscientemente, yo ya había empezado mi viaje oculto hacia el mundo islámico en un día de primavera de los años ochenta del siglo pasado. Una tarde, casi ya borrada de mi memoria, en Manhattan, cuando iba en un autobús para visitar a una amiga judía, escribí un texto automático de poesía, que yo comprendí después que me lo había dictado un musulmán muerto y enterrado en Palestina. Yo no le di importancia al incidente, fuera del estupor que me produjo aquel acontecimiento irracional, ni tampoco indagué en el porqué de mi convencimiento de que yo había sido el medio por el cual un muerto hablaba: de hecho, el texto lo perdí o lo tiré a la basura.

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que una transformación subterránea y silenciosa estaba teniendo lugar en mi vida interior. Aparentemente era el inicio de un viaje hacia un horizonte árabe, islámico y, en última instancia, hacia Irán y, finalmente, a Jerusalén, el lugar donde se cerró el círculo y se me reveló el nombre de aquella voz palestina que había sido el origen de todo.

A veces es necesario un desastre, una crisis (personal o social), para que aflore la secreta existencia de ese otro Yo que se esconde debajo de la piel de tu Yo rutinario, cotidiano, porque el viaje profundo suele iniciarse mucho antes que el viaje real. En mi caso, fue aquella mañana de septiembre de 2001, soleada, catastrófica y reveladora, la que desencadenó en mí una serie de eventos que me llevarían a viajar a varios países islámicos; entre ellos a Irán en abril de 2013. Pero primero veamos cuáles eran las circunstancias vitales que favorecerían mi impulso a viajar a estos países islámicos, a la vez que viajaba hacia el centro de mi propio Yo.

Lugar y lengua árabe. El retorno

Después de haber vivido más de tres décadas en la metrópolis norteamericana, en el año 2005 abandoné definitivamente Nueva York, y renuncié prematuramente a mi cátedra en la universidad pública de aquella ciudad. Ese mismo año me vine a vivir a España, a Tomelloso, el pueblo donde había nacido en La Mancha. Mi adaptación a la vida española fue conflictiva y plagada de incidentes que no vienen aquí al caso. Lo que sí es relevante para esta crónica de un fracaso es que en el otoño del año 2009 decidí estudiar la lengua árabe: primero en la Escuela de Traductores de Toledo, luego en Egipto, en El Cairo, y más tarde en la Casa Árabe de Madrid. Ahora sigo estudiando, lenta y laboriosamente, esta lengua con un profesor particular en Tomelloso.

Pero, ¿elegí yo a mi profesor (maestro y después guía espiritual) o fue él quién me eligió a mí? Esta es una pregunta que quizás no tenga respuesta. El caso es que mi profesor es un imam y también forma parte de la orden sufí Alawiya, liderada por elshaij argelino Khaled Bentounès, autor de libros como El sufismo, corazón del Islam,Terapia del alma, y también de otras obras que aún no han sido traducidas al español pero que en el mundo árabe y francófono se encuentran sin dificultad, como L´home intérieur á la lumiere du Coran; Soufisme. L´heritage commun; La fraternité en héritage. Histoire de une cofrérie soufie, Vivre l´Islam.

Durante los últimos cinco años, además de las conversaciones que he tenido con mi profesor sobre temas religiosos, y sobre los libros de Bentounès, he leído bastantes textos relacionados con el misticismo islámico y de autores sufíes, pero lo más importante para mí ha sido el empezar a familiarizarme con la poesía árabe (y persa) en general y con los poetas sufíes más destacados en particular.


Este fragmento corresponde a Crónica de un viaje espiritual a Irán (Nueva York-Mashad-Jerusalén), de Dionisio Cañas, publicado en Antolojía [fronterad].

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