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Lecturas

Leo que en Canal Cosmo (que no tengo ni idea lo que es) han estrenado una serie titulada El misterio de Hanging Rock. Lo que sí sé es que está basada en el libro de Joan Lindsay, Picnic en Hanging Rock que es virtualmente imposible que la serie, por muy protagonizada que esté por Natalie Dormer, le llegue tan sólo a la suela de la chancla a la novela. Australian gothic la llamaba el prólogo las mansiones embrujadas son sustituidas
Fotografía en blanco y negro de Robert Graves

Hay una tumba en Mallorca que quiero visitar. No es que yo sea un gran visitador de tumbas, pero, de vez en cuando, me apetece visitar alguna. Quise visitar la tumba de Pessoa en Lisboa. Supuse que estaría en el cementerio Dos Prazeres, un nombre precioso, ya que es el cementerio más cercano a una de sus últimas casas en la Rua Coelho Rocha. Estaba equivocado, pero eso me permitió conocer un bonito cementerio con tumbas que parecen casitas de
foto de paul bowles

Déjala que caiga es la respuesta que da uno de los asesinos de Banquo cuando este hace el comentario intrascendente de «parece que se avecina lluvia». Y es la última frase que Banquo oye. En la breve nota introductoria del propio Paul Bowles a la novela —escrita la nota unos 30 años después— nos dice que esa frase le fascina desde que leyó Macbeth con ocho o nueve años. Le entiendo. Aunque nunca fui tan precoz como para leer Macbeth

La cronista Leila Guerriero (Junín, Argentina. 1967) desconfía de recetas que expliquen cómo escribir periodismo narrativo. En el recopilatorio de artículos Zona de obras (Círculo de Tiza, 2014), no construye decálogos ni destila axiomas. Simplemente, pinta su forma de trabajar, por ejemplo, sus encierros de 16 horas frente al ordenador, sin teléfono ni correos electrónicos, contando, tachando y puliendo con una concentración monacal. Zona de obras, como destaca diestramente Juan José Millás en su reseña La trastienda de una india,

Decía Andy Warhol que nada daba tan buen resultado como el objeto inadecuado en el lugar apropiado. Jean Rhys pertenecía tanto a este mundo como un meteorito: nacida en Dominica, en las Antillas, de padre galés y madre criolla, quiso marcharse a Inglaterra, en la adolescencia, seducida por todos los libros que había leído, sin caer en la cuenta de que en Inglaterra hacía frío, ya que ninguno de esos libros lo mencionaba. El choque con un país gris, de calles grises y

Alguna vez lo hablamos: se publican demasiados libros, libros que a ver para qué se publican si, seamos honestos, hubiera dado lo mismo que no se hubieran publicado; es decir, no lo mismo, voy a precisar: hubiera el sector, sin tener que soportar la carga de la publicación, trasporte, colocación y conato de venta de toda esa basura, podido respirar algo mejor. Se notaría para bien, digo. Porque la oferta editorial es tan amplia, se manejan números tan desproporcionados[1], que

Se dice devorar un libro y se alude a esto, aunque devorar implica comer rápido y sin saborear lo que se come y vale la pena detenerse a saborear lo que se come al leer Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar. Hace poco leí un reportaje en El País que recorría un territorio en parte superponible al que describe Pérez Andújar