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¿Quieres escribir poesía?

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—¿Hay ejecución esta noche? poesía

Sé perfectamente que sí, pero me gusta adoptar un aire de indiferencia respecto a estas cosas, me parece conveniente.

Emilio responde de forma parca, como de costumbre. Ni un «Sí, ¡vamos a verla!» ni nada que se parezca a emociones concretas. Es como vivir con el capullo de una mariposa, sólo que no hay mariposa. No sé ni por qué me molesto en aparentar nada.

Así que me siento con él en el sofá y permanecemos en silencio, al calor de las imágenes. Hacemos algún comentario de vez en cuando sólo para atestiguar que estamos allí. El reo al que van a ejecutar es un asesino de niños. A nadie le da lástima; es un asesino de niños.

Observamos, yo fingiendo impasibilidad, Emilio haciendo de Emilio. Le inyectan y parece quedarse dormido, un asesino muerto. Entrevistas. Emilio cambia de canales sin detenerse en ninguno.

—Me voy a dar una vuelta —digo con mi impostada indiferencia.

Cojo las llaves y el abrigo; hace un frío impropio de marzo. La cartera, el móvil.

Me siento a esperar al metro. Sé que a las doce, cuando cambiemos de día, hará un año. Me gusta hacer juegos mentales y decido que, si esa chica guapa que se acerca se sienta conmigo a esperar el metro, aún habrá esperanzas para mí. Porque, en menos de una hora, se cumplirá un año desde que me dejara mi novia… o la dejara yo. Es inverosímil la velocidad a la que una vieja llega y se sienta a mi lado. Deja completamente fuera de juego a la chica que se acercaba a mi banco.

En el metro me siento solo, sin chicas guapas y sin viejas. Dejo que la titilante luz fluorescente sea mi única compañera. Es raro pensar que hace escasos minutos, otras luces mostraban las imágenes de una ejecución y yo estaba viéndolas en riguroso directo.

En la salida, espero a L. J. leyendo los anuncios que se adhieren a las grasientas superficies: muros, señales de tráfico, cabinas, farolas. Nada interesante; conciertos y bares. Un certamen de poesía. En un extraño ataque de optimismo y autoestima, pienso que podría ganarlo, así que arranco el folio y me lo guardo en el bolsillo. Pagan bastante bien y todo.

L. J. llega con su grueso abrigo con capucha, que le da un aire casi temible. En un ejercicio inútil, por pura cortesía, nos preguntamos a dónde queremos ir. Pero ya lo sabemos. Fingimos que andamos sin rumbo, pero vamos al bar de siempre.

Lo único que tiene de especial es que en las paredes hay vitrinas con animales dentro; una iguana gorda y perezosa, una serpiente albina… Mi favorita es una que contiene unas medusas muy pequeñas. Pero la mesa que da a ella está ocupada, así que nos sentamos en mi segunda favorita, la que da a la tarántula que, en realidad, siempre está escondida. En cualquier caso, sigue siendo mi segunda elección. Una vez, estando un poco bebido, le expliqué a L. J. por qué la vitrina de las medusas era mi favorita: Porque, de todas las que podía elegir, era la menos consciente de su entorno. Estoy seguro de que la iguana, aunque gorda y perezosa, de vez en cuando piensa que algo va mal. Que esto, definitivamente, no es la selva. Aún más, puede que en sus genes esté la jungla y la acepte como algo horrible. Alcanzado el terrario y su consecuente seguridad, la vida sólo sirve para la reflexión circular. Estás en un terrario y tu vida ha sido placentera y garantizada. Cualquier cosa que pueda romper este equilibrio te es completamente ajena, no la conoces. Es un horror cósmico de fuera del terrario.

Toda la parte de la iguana no la expliqué porque la veo, en parte, un poco triste. Me parece mejor centrarme en las medusas, que no se enteran de nada. Es raro si piensas en una medusa comiéndose un pez. O mejor todavía, en un ser humano asesinado por una medusa. Imagino una de esas medusas con tentáculos de más de sesenta metros de largo. La tienes que imaginar, porque no se puede fotografiar; es demasiado grande. 95% agua. Sin apenas cambios en 500 millones de años. Vale, pues pueden matar a un ser humano sin tener idea de lo que están haciendo. De esa inconsciencia hablaba… pero sólo porque estaba borracho.

Vamos bebiendo y hablamos de cosas: películas, música, gente que conocemos… Hago un chequeo de bolsillos. Cartera, llaves, móvil. La situación se pone un poco más negra cuando pierdes alguna de esas cosas, así que siempre chequeo. Encuentro el papel del certamen de poesía y se lo enseño a L. J., que arquea las cejas en un gesto de forzado desinterés. Todo un nihilista de bar. Yo explico:

—Una vez, en el colegio, acabé un examen demasiado rápido. Me aburría tanto que le di la vuelta al folio y empecé a escribir una poesía. Una tontería. Trataba sobre mi hipotética vida bicéfala. Qué pasaría si hubiera nacido con dos cabezas.

—¿Quieres escribir poesía? Es ridículo, es la última pretensión beatnik. Lee sobre los beatniks. En el grupo siempre había alguien con una estúpida aspiración por escribir poesía; como si por andar con esos gilipollas te creciera dentro un manantial de talento.

—No, no, no. No escribir poesía nueva. La primera poesía.

—Ya te sigo, pero eso es un tanto crédulo. Creer que el primer poema de un niño va a tener algo de especial… —Me mira esperando que mi idea, de estructura endeble, caiga por su propio peso.

No le culpo por ello. Está entre los deberes de los amigos quitarnos las ideas extrañas de la cabeza. Los monos se desparasitan unos a otros. Si no lo hacen llegan parásitos gordos e hinchados, la locura y la invalidez.

Pero me envalentono.

—Una vez corregidos los exámenes, el profesor dijo, ante toda la clase, que estaba sorprendido. Sorprendido porque mi examen había sido flojo, poco más que aprobado, pero que me había quedado tiempo para escribir una poesía estupenda. La leyó ante toda la clase. Todos aplaudieron y demás.

—Un auditorio exigente, estoy seguro. Pero insisto en que veo a dónde vas. Entiendo lo que pretendes. Una especie de pureza inicial, el Big Bang de algo. Ahora voy a hacer como que esta idea tiene algún tipo de validez y te pregunto… ¿Cuál es el siguiente paso?

La verdad es que no lo sé.

—Supongo que es imposible reescribirla. Lo que tendría que hacer es recuperarla.

—Esto se pone interesante. ¿Cuántos años tenías cuando la escribiste?

—No lo sé. Ocho, nueve… diez a lo sumo.

—Digno de una aventura de novela negra. En la que, por cierto, tampoco estás muy al día. —Hace una pausa, mira a otro lado, se toquetea el mentón, justo debajo del agujero que le quedó del piercing—. ¿Cuándo viste a tu profesor por última vez? ¿Era el de lengua, no?

He aprovechado la pausa para mirar el reloj de soslayo. Pasan las doce. Hace un año que no sé de ella. Empieza un nuevo día. Quizá esté muerta. En muchas películas dicen «Me cuesta recordar su cara» cuando el atormentado protagonista trata de rememorar a su amada, muerta en trágicas circunstancias. A mí no, no me cuesta. Pero noto que cada vez su recuerdo se vuelve más simple. Lo que significa que olvido detalles. Uno no puede ser consciente de esto, pero lo puede intuir. A veces tardo más de un segundo en recordar que se llamaba Ángela. Se convierte más en un concepto que en un auténtico recuerdo. Quizá un poco más de tiempo y sólo sea «exnovia». «Mujer». «Joven». Un número mínimo de etiquetas.

—Sí, era profesor de lengua… No tengo ni idea… Tenía dieciséis años cuando salí de ese colegio… Puede que lo haya visto fuera, pero no recuerdo la última vez… Menos de cinco años, seguro.

Un tipo se acerca a nuestra mesa, directo desde la calle. Lleva una gorra muy gastada. Su aspecto, en general, también es gastado. Tiende una mano sucia hacia nosotros. Pide un cigarrillo. No tenemos. No queremos darle. Ni siquiera importa. Hace una gira por las mesas, no consigue nada, se va. No es mucho mayor que nosotros.

—Esta ciudad se está yendo a la mierda —digo, sin ninguna intención ni entusiasmo particular, pensando en voz alta sobre algo que no sean exnovias.

—De eso hace ya un tiempo —sentencia L. J.

Cuando vuelvo a casa, todas las luces están apagadas. Emilio está durmiendo. O ha salido. La verdad es que no tengo mucha idea de qué hace por las noches, no es algo que me tenga en vilo. Dormirá o quedará con amigos. Tampoco es que sean tantas las opciones.

El frío no da tregua, la primavera se está haciendo esperar. Ya tienes algo con lo que abrir tu informativo. Ya sé qué clase de vídeos voy a montar los próximos días. Voy al baño a cepillarme los dientes. Me miro el sarpullido. Está en la parte derecha de la barbilla. Una especie de granitos. Supongo que el no afeitarme ayuda a disimularlo. Apareció un día y pensé que se iría, pero no, no se va. Pienso que seguramente no se nota si no te fijas. Pero muchas veces, en el metro, por ejemplo, ves a alguien con tal defecto. Le ralea un poco el pelo o tiene una mancha blanca en la sien. O le crece más vello facial en un punto de la cara. Inevitablemente me imagino a esa persona en su casa, frente al espejo pensando en la fórmula mágica: «Seguro que si no te fijas no se nota. Yo lo noto porque sé que está ahí». Me siento parte de esta comunidad de gente que se examina con detenimiento al espejo y piensa que «no se nota si no te fijas». Tiene musicalidad, hay algo de poesía en ello. Debo de estar borracho.

Estoy cruzando el salón a oscuras, y entonces la veo. Una silueta. Una figura humana, de pie, inmóvil, en una pose poco natural.

—¿Emilio…?

Pero la silueta es femenina.

Ha pasado un año exactamente.

—¡¿…Ángela?!

Tomo valor y doy un paso adelante para pulsar el interruptor.

Con la luz encendida, me encuentro frente a un maniquí de mujer. La idea de una mujer. Sin apenas etiquetas. Un recuerdo a punto de ser borrado. ¿Qué coño hace un maniquí en medio de mi salón? Seguro que Emilio tiene una explicación divertidísima mañana por la mañana.

Por supuesto que la tiene. ¿No me lo había dicho? Una amiga suya, de la escuela de moda, venía a pasar la noche. No, no me lo había dicho. Recibo esta explicación en el salón, en pijama. Llevo pijama en marzo. Casi abril.

Recibo esta explicación de un siempre afable Emilio. ¿Puede ser la constante de alguien hacer cosas impropias de él? ¿Puedo vivir de forma constante sobresaltado por asuntos como éste? ¿Pero qué amiga? Sí, la amiga está presente durante la explicación, sentada, tomando café con un servicial Emilio que se acomoda sobre el brazo del sofá.

—Te dio un buen susto, ¿eh? —dice ella, mientras se ríe y mira en dirección a mi sarpullido que no se nota si no te fijas.

Emilio pone cara de «¡Qué susto!» y se ríe también. ¿Emilio sabe reírse? ¿Es ésta su novia, pareja o proyecto de pareja? Siempre pensé que sería asexual o que estaría enamorado de su novia de primaria por siempre jamás.

Miro al siniestro maniquí. Quiero que saquen esa cosa del puto salón pero también quiero ser amable, fingir que no me importa, que no me dio un susto de muerte y que no es lo más emocionante que recuerdo que me haya pasado últimamente.

Sigamos con una saludable rutina. Hago café para mí. Me siento en el ordenador, decidido a ser poeta. La inocencia infantil no existe. No hay primer poema ni obra primigenia. L. J. tiene razón. Así que soy poeta hoy.


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