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Los Panero. Encinas parían cadáveres [por Violeta Serrano]

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Los Panero. Encinas parían cadáveres

«Hay restos de mi figura y ladra un perro.
Me estremece el espejo: la persona, la máscara
es ya máscara de nada.
Como un yelmo en la noche antigua
una armadura sin nadie
así es mi yo un andrajo al que viste un nombre.

Dime ahora, payo al que llaman España
si ha valido la pena destruirme
bañando con tu inmundo esperma mi figura.
Tus ángeles orinan sobre mí.

San Pedro y San Rafael
en una esquina comentan
mientras avanzo borracho
sobre esa piedra, payo,
que llaman España».

Piedra negra o del temblar,

Leopoldo María Panero (1992)

La ropa sucia se lava en casa.

Mujer de avanzada edad, no identificada, que llama a la misma hora durante meses tras el estreno de la película. Siempre a las cinco de la mañana. Ganó el particular concurso de mejor anónimo de entre los muchos que les llegaron a los Panero entonces. Sin duda ella lo merecía: su fuerza de voluntad era heroica. O eso o era insomne. Pero, sobre todo, supo dar en el clavo: lo que pretendían era no callarse más, tomar posiciones, luchar contra la hipocresía instalada por el franquismo, hacer volar por los aires uno de los pilares básicos del régimen: la familia nacional-católica. Y vaya si lo hicieron. Pero a qué precio.

Jaime Chávarri empezó a rodar El desencanto en el 74. Franco estaba vivo, por poco. Elías Querejeta, el productor, no tenía fe en la idea. Pensaba que como mucho aquello daría para un corto, si daba. Pero las horas de rodaje se fueron ampliando y con la suma de todas ellas se podrían haber hecho hasta cinco películas distintas gracias a la pericia del cineasta. Todas muy baratas: por lo visto Querejeta no quería gastarse un duro de más y lo grababa todo en blanco y negro con una sola cámara, en principio. “Yo creo que Elías compraba las bobinas en el Rastro. ¡O las robaba del No-Do!”, bromea el Michi Panero de los últimos tiempos. El origen, asegura, fue idea suya. “El desencantonace del hambre que yo pasaba en París”, afirma en una conferencia en Astorga, ciudad a la que regresó al final de su vida desde Madrid, enfermísimo de múltiples males. La base era su proyecto de guión titulado Los abanicos de la muerte. Su amigo Chávarri confesó en el programa Negro sobre blanco, que conducía Fernando Sánchez Dragó, que la oferta de Michi de hacer algo con aquello no le sedujo de primeras. Lo que le cautivó realmente fue la mujer de los ojos azulísimos, la dealer, la culpable de todo, la amante relegada, la paridora de cadáveres: la muy elegante Felicidad Blanc, base también de aquel pre-guión de Michi que, en realidad, se sustentaba en filmar los recuerdos de ella, sobre todo los vinculados a la Guerra Civil, tomando como escenario la casa de Astorga. Por un personaje como ese Chávarri sí haría una película. Y eso que Felicidad aún no se había convertido en la dealer de un hijo loco, ni en una moribunda, ni apenas en unas cenizas olvidadas por sus hijos en Bilbao después de que un cáncer acabara con ella. Pero sí era ya la mujer capaz de asegurar ante una cámara, en su papel de viuda insigne –y mujer florero a pesar de su enorme inteligencia y talento–, que ella, durante la guerra, leía Madame Bovary mientras escuchaba caer las bombas a su alrededor y aseguraba, además, que se había enamorado de su marido porque le había dicho, en plena juventud, que la veía como una mujer vieja, ya acabada la vida. No es de extrañar que de esa comunión de amor sólo fueran capaces de engendrar cadáveres o, dicho de otra forma, hombres empeñados en coquetear con la muerte.

Querejeta se decidió a empezar el rodaje coincidiendo con la inauguración de la estatua de Panero padre que sale, justamente, en el primer plano del filme. Hoy esa misma escultura está en el jardín de la casa museo y centro cultural en que se ha convertido el lugar, tras muchos años de empeño y esfuerzo del ex-alcalde de Astorga, Juanjo Perandones. Después de todo, Querejeta fue el primer sorprendido del éxito que tuvo El desencanto: más de veinticuatro meses en cartel, en el marco de una democracia recién estrenada. Y todo conseguido sin darle lo que realmente buscaba, según comenta Michi: “Querejeta quería que hiciéramos una película política. Que dijéramos que mi padre llevaba pistolón, camisa azul y que nos obligaba a cantar el Cara al sol por las mañanas, pero eso no era cierto. Y además, aunque lo fuera, yo tenía diez años cuando se murió y no lo recordaría. Pero vamos, mi padre no era ese tipo de señor. Yo lo recuerdo como una persona mucho más… tratable”. Quizás ese morbo que daba en aquel tiempo que una familia se despellejase en público fue lo que en el fondo cautivó a un público acostumbrado a capas y capas, sedimentos ya, de familias hiper-felices retratadas en el cine español desde los años cuarenta en adelante. Después, en esos 90 largos en los que Michi volvía a reflexionar sobre el tema, confirmaba que El desencanto parecía un juego de niños al lado de algunos programas de sobremesa que se daban entonces por televisión, o incluso Tómbola, que era ya una monstruosidad y que, para desgracia de todos, no ha hecho más que empeorar con otros formatos aún más catastróficos y descarados.

*    *   *

Los grajos no son cuervos, pero se parecen bastante. He escuchado toda mi vida los mismos ruidos que los Panero debían oír desde la casa de su padre. Esos graznidos impertinentes y las campanas de la catedral tocando a misa o cada hora en punto, con todos sus cuartos y medias. He visto a los sacerdotes y a las autoridades pasar por delante de mi casa, de camino a esa catedral, con sus picudos capuchones y sus músicas terroríficas de Semana Santa. Casi se podía tocar el madero de Cristo desde el balcón de la casa de mis padres. Y las calles cortadas al tráfico y a mí, que me habían asegurado que ya había nacido en democracia y que en eso debía creer. He visto a los mismos católicos que cargan esos pasos beber o “matar judíos” toda la noche hasta caer desmayados si no han podido contrarrestar el bajón del alcohol con algunos gramos de la cocaína que llega directamente a Astorga desde Galicia. No por nada en León, la capital de la provincia, el Jueves Santo se celebra el día de San Genarín, en honor a un borracho que murió atropellado por un pionero camión de la basura mientras meaba en la muralla romana de la capital una Semana Santa de principios del siglo XX. He visto cómo el último bastión en provincias de una redacción de un diario nacional se iba a pique en mi ciudad: era la de El Mundo, que estaba a apenas dos minutos de mi casa cuando yo recién empezaba a estudiar. Allá iba Michi a dejar sus artículos, y mi madre le veía tomar café, agua o lo que fuese  –entonces ya padecía cirrosis–, en el bar de enfrente: una tortillería, en realidad, que aún sigue en pie, aunque con otros dueños. En España, los bares, siempre tienen un futuro más prometedor que cualquier otro negocio u ocupación intelectual. Y ahora veo al Michi de entonces en YouTube y sé que no podría haberlo reconocido ni aunque mi edad se juntase con la suya. Tampoco los de una generación anterior a la mía lo recuerdan paseando por Astorga. Quizás la que más se ocupó de él en su última etapa fue su amiga Mercedes Unzeta, escritora y heredera también, de otro de los más acaudalados que tuvo una vez la ciudad: Ricardo Gullón, y que hoy vive en un molino de un pueblo cercano, Nistal, que heredó y ha readaptado como parador rural con un gusto exquisito. La vida adulta de Michi, seguramente, estuvo mucho más ligada a Madrid que a la provincia. Pero su infancia no. Y por eso, tal vez, tanta nostalgia y tanta necesidad de dejar testimonio de una época que todos y cada uno de ellos, se empeñaron en odiar. Y él más que nadie. No quería ser poeta, todo lo contrario a sus hermanos Juan Luis y Leopoldo María. Michi quería huir de la poesía como de la peste. Así lo dejó escrito su amigo Enrique Vila-Matas en el obituario que publicó en la revista mexicana Letras Libres. Michi sólo quería que le dejaran en paz. Pero fue imposible. “Su gran sueño, siempre en clave muy irónica, era ‘dejar de ser un niño pobre, salido de un cuento de Dickens’ y casarse con una millonaria como Bárbara Hutton para divorciarse pronto de ella, y desde luego no tener que escribir. Curiosamente, escribía muy bien, pero no fue nunca un escritor. Nunca trabajó en nada que pudiera ser nombrado con solemnidad en su biografía. Trabajó a fondo su propio aburrimiento, eso sí”.

[…]

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Violeta Serrano (León, 1988) es periodista y escritora. Co-dirige el posgrado internacional «Escrituras: creatividad humana y comunicación» de FLACSO-Argentina y es creadora y directora de la revista digital continuidaddeloslibros.com. Es colaboradora habitual de ‘RADAR’, de Página12. Ha escrito también para los suplementos culturales de La Nación, Clarín y Perfil. En 2016 publicó su primer libro: Camino de ida (ed. Modesto Rimba).


Este fragmento es uno de los textos que compila el volumen Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017). Lo puedes encontrar —o encargarlo, s08i en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos.

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