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La naturaleza como un ente global [por Esteban G. R. Luna]

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Alexander von Humboldt y de cómo el ser humano ha perdido de vista la naturaleza

En una de las ventanas de la planta baja de una perdida cabaña en el condado de Wiltshire, en el brumoso sudoeste de Inglaterra, cuelga un cartel con una calavera y un par de tibias cruzadas en el que se puede leer en inglés el aviso “Peligro. Radioactividad”. Mirando en el interior a través del polvoriento tragaluz todavía es posible reconocer un taller salpicado de instrumental científico, con las estanterías, las mesas y el suelo repletos de libros, papeles y extraños cachivaches de diferentes formas y tamaños, algunos de ellos con la extraña apariencia de haber sido ensamblados allí mismo. Ahora ese laboratorio casero se muestra casi desierto, pero la advertencia sigue manteniendo alejados a los ladrones y curiosos, como lo hizo durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX, en la que bullía en su interior una intensa actividad que no deseaba ser molestada.

Nada en ese tranquilo rincón de la campiña británica, muy cerca de donde se alojan los famosos restos arqueológicos de Stonehenge y Avebury, haría pensar que allí se llevaron a cabo investigaciones secretas de la NASA, en uno de los intentos más ingeniosos para detectar la presencia de vida en Marte, a partir del análisis espectroscópico de la composición de los gases de su atmósfera, ni tampoco que allí supuestamente se idease con la máxima discreción el horno microondas con el que hoy podemos calentar la leche del desayuno. Sin embargo, si por algo debería ser distinguido ese lugar, si por algo debería ser importante, es porque allí dentro el genial científico James E. Lovelock (Letchworth, Reino Unido, 1919) dio a luz a una de las más revolucionarias conjeturas en la historia de la ciencia medioambiental, la teoría de Gaia, que postula que la Tierra no es otra cosa que un gigantesco organismo vivo que se autorregula, una suerte de gran célula planetaria en la que todos sus componentes, la atmósfera, los océanos, las rocas, los seres vivos, están íntima y recíprocamente relacionados entre sí.

Hasta que se publicaron sus primeros trabajos a finales de la década de los 70 se aceptaba de manera generalizada que la vida estaba en constante adaptación a las características y los cambios del medio ambiente, aunque sin la capacidad de modificarlo. Pero Lovelock se atrevió a ampliar la interpretación de aquella gran visión de Darwin, según la cual los organismos que tienen más probabilidades de producir descendencia son los mejor adaptados. Su teoría de Gaia llamaba a revisar la solidez del concepto de selección natural, al que, según su criterio, sería necesario añadir que también el crecimiento y la actividad de un organismo, por insignificante que este pueda parecer (una bacteria, un pino o el vecino de arriba), afecta a su entorno físico y químico y, por tanto, la evolución de las especies y la del medio ambiente están estrechamente ligadas en un proceso conjunto e inseparable que se retroalimenta. El cambio climático provocado por el frenético desarrollo humano puede que sea el último que veamos, pero no es el único ejemplo con el que Lovelock fundamenta la autenticidad de su teoría dinámica.

El dominio

Lo que, sin embargo, no se le puede atribuir a Lovelock es la primicia de concebir la Tierra como un gran ser vivo en el que todos sus componentes se encuentran interrelacionados. Cuando Alexander von Humboldt (Berlín, 1769–1859) describía el planeta como “un conjunto natural animado y movido por fuerzas internas” ya se estaba adelantando más de ciento cincuenta años a las ideas del investigador británico. Humboldt sí fue el primero en comprender que la naturaleza es “un entramado de vida” y una fuerza global, el primero que entendió que todo está entrelazado “con mil hilos”.

Al menos así lo defiende Andrea Wulf en su libro La invención de la naturaleza: El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, recientemente publicado en castellano por Taurus, y que se ha revelado como una obra brillante. Y lo es, no solo porque arroja luz sobre la vida y la obra de uno de los más audaces y polifacéticos personajes de la Historia de la humanidad, “alguien que se dejaba llevar por el asombro”, sino también porque destaca la poderosa influencia que esa nueva noción de la naturaleza de Humboldt, el científico más renombrado de su época, ejerció sobre sus coetáneos Goethe, Thomas Jefferson o Simón Bolívar y que, sobre todo, cómo transformaría la forma de entender el mundo de las generaciones posteriores: el propio Darwin, Henry David Thoreau o Ernst Haeckel, entre otros.

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Esteban G. R. Luna (Madrid, 1979) es científico de vocación periodística. Educado en la Institución Libre de Enseñanza, se formó como ingeniero de montes, más tarde se doctoró en ciencias agrarias y, ya exhausto, realizó el máster de periodismo de El País. Por todo ello, teme haberse convertido en una especie en vías de extinción. Además de en el CSIC, el INIA y la Universidad de La Rioja, ha trabajado en la delegación gallega de El País y en la sección de opinión de Cinco Días, periódico con el que aún colabora esporádicamente. En FronteraD ha publicado, entre otros, ¿Pensando con las tripas? La inauditas relaciones entre la microbiota intestinal y el cerebroUn universo propio. Vivir el cosmos más allá de la ciencia Miguel Belló, el navegante del Sistema Solar. O el viaje alucinante de la nave ‘Rosetta’, y mantiene el blog Por ciencia infusa.


Este fragmento es uno de los textos que compila el volumen Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017). Lo puedes encontrar —o encargarlo, s08i en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos.

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