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En medio de la corriente

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ACA. Llevas varias horas caminando río arriba, lanzando la ninfa verde, tocando alguna trucha adolescente. Pero has venido a luchar con una buena trucha, en una tabla honda y con corriente, metido en el agua, con una caña ligera y muchas ganas de saber si eres el mismo. Suena el freno y el sedal corta el agua. No se rinde el pez, conoce bien el fondo, quiere llevarte al hueco que hay debajo de la piedra grande y luego a las raíces sumergidas y luego descolgarse corriente abajo. Has aprovechado una de sus carreras para poner delante la sacadera y tienes suerte.

Sentir el sol a veces en la espalda y a veces la sombra verde de los sauces aún sin hojas, descubrir que los pies saben dónde pisar y cómo, sentir que el río es casi el mismo y tú, más viejo, también allí eres el mismo sin el casi. Te sientas a mirar su piel morena, el brillo del agua hoy, el musgo de las piedras en las que descansas. Se va muy rápido a su sitio, fuerte y furiosa. Te tomas tu tiempo para volver a pescar. Saboreas lo que nadie ha visto, sonríes, has decidido ponerle un nombre: Aca. De truchaca.

 

SIRENA. Pescas o te pescan. No es lo mismo pescar una cogorza que pescar una sirena. Mi hijo el pescador sonríe. Hablamos de ¡a ver cuándo su hermano mayor pesca o es pescado!, porque está en esa edad. Le decimos: ya sabes, paciencia, mojarse, buenos aparejos, buena técnica de lanzado y sobre todo pasión, delicadeza, finura. No conozco muchas mujeres pescadoras. Entre las fantasías de los años cincuenta de los pescadores yanquis estaba esta de la imagen. Luís Quesada, una vez, pescando, se encontró de verdad con una sirena, una guapa desnuda nadando en el río justo en el lugar donde había lanzado su mosca. Pero esas cosas sólo le pasan a Luis.

Bueno… Yo una vez pesqué una sirena. Tenía dieciséis años, bajábamos al embalse de Arrocampo en autobús de línea y llevaba en la mano mi caña telescópica con la cucharilla puesta para ser luego el primero en lanzar y no perder el tiempo. Yo bajaba, ella subía, el señuelo se enganchó en su precioso jersey de angora a la altura de su… teta, perdón, en medio de uno de sus pechos, en el centro. Por suerte el anzuelo no llegó a la carne. Y yo allí muerto de vergüenza ante mis amigotes Felipe, Luismi y Javi, todos con una sonrisa de oreja a oreja: «ya has pescado Ramón, así cualquiera, te has quitado el bolo», y yo intentando no destrozar el jersey, no tocar demasiado de lo que adivinaba debajo de la lana. Ella, algo mayor que yo, guapísima, sonreía también, menos mal. Fue un minuto largo, larguísimo hasta que por fin desenganché la cucharilla sin demasiado estropicio. Nunca he olvidado ese momento.

TAMPOCO. De vez en cuando pasa, es la chispa, el resplandor, la herida en la memoria, la picada de una trucha grande que se va sin pasar por nuestros dedos. A veces es una visión fugaz que no permite evaluar en detalle medida y peso; otras, en cambio, los ojos y el brazo del pescador hacen una precisa revisión del pez que mordió el señuelo un segundo y consiguió zafarse en pleno duelo. Como ayer. El pescador pudo ver la trucha, curiosa, acercarse y luego desentenderse de la golosina. Nuevo lance, ahora sí, el animal muerde, clavamos, pero tras arquear dos veces su cuerpo se desengancha y huye sin demasiada prisa. Agua tranquila al filo de la corriente, menos de un metro de profundidad, la luz de las once transparentando el fondo. Un ejemplar soberbio, gordo, cabezón, de los que hacen sudar al pescador si la batalla sigue hasta la sacadera. De las que se quedan a vivir en el recuerdo muchos días y luego, en la memoria, se ponen a nadar ya para siempre. Pero hoy es lunes y el pescador la tiene ahí metida escapándose de su anzuelo una y otra vez como un disco rallado. Imaginando la ninfa que le hará picar otra vez. Planeando la meticulosidad con la que va a rastrear la poza entera. Quemando la impaciencia de tener que esperar los seis días que le separan del lugar del duelo. Sin embargo dejará los primeros lances para su hijo el pescador, los primeros instantes en ese lugar del río, las mejores posturas de la tabla. Los primeros minutos. Tampoco más.

MÚSICA. Dicen que lo último que se olvida es la música y los sabores que amamos. Esos cajones del cerebro son muy profundos y están muy protegidos de las inclemencias del tiempo, del Alzheimer, de la muerte. Y de entre toda esa música que guardo y que vuelvo a escuchar cuando quiero, gracias al tío Spoti, muchas veces me vuelve el ruido del agua. Algunos ríos en los que pesco son torrentes de montaña, gargantas llenas de rápidos y cada corriente, cada tabla o poza suenan muy distintas. Esa música, después de estar escuchándola muchas horas se nos mete muy dentro y luego, ya de noche, en la cama, la seguimos oyendo y nos acuna el sueño. Pero claro, esas canciones no las tiene el tío Spoti. Sin embargo puedo recordar ahora muchos de esos rumores distintos de memoria.

Mis ríos suenan muy bien sobre todo en marzo y en abril, potentes, alborotados, peligrosos, puro rock & roll. Luego en mayo y junio ya suenan más folk y en julio se han convertido en blues. No hay nada como atreverse a vadear esos primeros meses de la temporada buscando los pasos de siempre, sin arriesgar mucho o sí. Es un placer estar allí, en medio de la corriente, en precario equilibrio, atronado por el agua, embriagado por su euforia salvaje, confiando en que las piernas, sabias, nos lleven por el buen camino que recuerdan. Cuando sale uno del peligro, ya casi en la otra orilla, sientes la adrenalina borrando del cuerpo cualquier cansancio. A veces, egoísta e impaciente, en medio del rápido, lanzo la caña aguas arriba sin poder aguantarme, debe ser que tengo mucho vicio. Y a veces, por fortuna no demasiadas, pica una trucha y entonces me convierto en equilibrista, buscando entre las piedras huecos seguros para las botas, ajustando el seguro del carrete e intentando controlar la sacadera antes de que la trucha se descuelgue río abajo y tenga que utilizar los brazos para otra cosa, digamos que nadar, en agua helada. No sería la primera. Y a veces vadeando esas gargantas fuertes con mi hijo el pescador, abrazados para estar más seguros, nos da la risa en medio de la fuerte corriente. Esas risas también están guardadas en el cajón de las músicas que no están en Spoti, a salvo de todo.

Capítulo V de Los ríos salvajes (Varasek Ediciones, 2017)


Los ríos salvajes está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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