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Budapest, la ciudad de los amores sinceros y profundos

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Lánchíd, el Puente de Cadenas

Tal vez sea lo primero que debamos elogiar. Budapest es la ciudad de los grandes puentes. El Puente de Cadenas se construyó a principios del siglo pasado, a lo largo de muchas décadas, con un sincero entusiasmo colectivo. Sobre él cantó el poeta Emil Vidor, por lo demás, un perfecto desconocido, en la edición de 1842 del Athenaeum:

Bajo las olas enterraron el grano
del cual –avergonzaos, tercas aguas–,
brotará un día el arco triunfal,
fruto de creatividad humana.
Y el vetusto río humillará la frente
que durante siglos tenía tan alta.
Orgullo patriota nunca antes visto
la nación se postra ante tal hazaña.

El Puente de Cadenas se construyó sin duda durante las cuatro estaciones del año, pero es sobre todo un puente de invierno. Invernal y nocturno, su color distintivo es el negro y el marrón chocolate, el del asfalto mojado de las grandes ciudades. Y es un puente de invierno tanto más cuanto menos lo era su predecesor. Antes, Pest estaba unida a Buda por un pontón flotante, por él paseaba el venerable anciano Benedek Virág con sus entusiastas compañeros. En invierno el pontón se desmantelaba. Sin embargo, por aquel entonces el Danubio se helaba a menudo por entero, de ahí que la gente cruzara a Buda en patines. Si no se helaba del todo y solo arrastraba témpanos de hielo a la deriva, al que –digamos– deseara cenar en la Plaza de Krisztina no le quedaba más remedio que subir río arriba hasta Viena. Eso me figuro.

El Puente de Cadenas, como bien puede observar, se construyó en estilo Imperio, al igual que la boca del túnel a este lado del río y la Capitanía General en la orilla opuesta. En general, Pest tiene dos estratos históricos: el Barroco, alma de la vieja burguesía, por esencia alemana y católica, y el estilo Imperio, que conserva la memoria del gran esplendor húngaro, muy desvanecido desde entonces. No obstante, aquí, entre el túnel y la Capitanía General, perdura aún en parte. Si hace cien años el palatino se hubiera asomado por la ventana de su residencia, habría sido esta la imagen que hubiera divisado. Y podría haber suspirado pensando en Széchenyi, a quien apodaba “Conde Stefi”. Acto seguido hubiera vuelto a sus obligaciones en el escritorio, con obstinada solicitud, como sus antepasados de la dinastía de los Habsburgo.

El Puente de Cadenas es tremendamente largo. Pruebe a cruzarlo una vez, señor mío, no se arrepentirá. Pasee en compañía de una dama hasta Buda y regrese, a ser posible con la misma dama. Ya verá, acabará declarándole su amor, tan largo es el puente. Budapest es la ciudad de los amores sinceros y profundos. Créame, señor mío, el que conoce esta ciudad, solo puede hablar de ella con lágrimas en los ojos.

Pero al cruzar, no mire ni a derecha ni a izquierda, mantenga la mirada fija en la Capitanía General, esa bella presencia callada de finas proporciones. No eche siquiera un vistazo a la Academia de Ciencias, tan airada y porfiadamente ceremoniosa como lo es nuestra vida científica. Llámela “su excelencia”, aunque es posible que solo sea “su señoría”, pero en asunto de títulos más vale andarse con cautela. Y tampoco mire al Palacio Gresham, el pobre era en su tiempo joven y audaz. Así vivimos nosotros también, almas de Budapest, como la Capitanía General, entre la estricta compostura por un lado y la pompa afectada del mercantilismo por otro. Debido a ello, no miramos ni a derecha, ni a izquierda.

El Tabán

No sé si entre las reglas del código del buen turismo está bien visto mostrar algo inexistente, porque ciertamente solo verá prados fangosos que lamen con fastidio los pies del Monte Gellért. En el centro, como lúgubres vestigios de un aluvión, se alza la escuela de la Plaza Fehér Sas, del Águila Blanca. Antaño aquí se erigían casas, sí señor, y menudas casas. Y entre las casas serpenteaban callejuelas, y menudas callejuelas. Las casas eran de planta baja, entre las cuales, junto a una morera se hallaba un lavadero. Sus aguas discurrían como un hilillo por medio de la calle, trazando profundos canales entre los adoquines desiguales.

De cada dos casas una era un antiguo y renombrado restaurante, donde resonaba la música Schrammel. Aquí estaba, señor mío, la Bodega del tío Poldi, con su techo abovedado de quinientos años de antigüedad, donde otrora unos nobles turcos regentaban un burdel con cargo al erario público. De la pared colgaba una codorniz, junto a los manuscritos de Imre Vahot, y el recuerdo embriagador y sagrado de Gyula Krúdy. El Tabán se podía visitar en cualquier época del año, en invierno o en verano, de día y de noche. Siempre resultaba maravilloso, siempre singular. Uno hacía rodar invariablemente por sus empinadas calles el halo de los amores incipientes, amores que uno suele recordar por la mañana, en la cama, cuando aún está oscuro y no se dispone de baño ni navaja con que arrancar del alma la dulce y soñolienta resina que es el amor. Sí, señor, aquí antaño había calles auténticas y reinaba el espíritu de la juventud.

 

Pero no identifico la juventud con un lugar preciso de la ciudad, porque Budapest carece de lugares que no se puedan identificar con ella. Si algún día tuviera que dejar la ciudad para siempre, ese mismo día envejecería como el monje de Heisterbach.

Pasarét, el Prado del Pachá

Nada que ver con el Pachá. Algún gigante de ideas muy modernas colocó unas cajitas a lo largo de las vías del tranvía, luego congregó a unos cuantos liliputienses acomodados y les dijo: “Vivid aquí”. Y allí viven. A bordo de sus diminutos automóviles viajan a sus diminutos bancos; la gente que vive en estas cajitas se visitan unos a otros, se felicitan mutuamente desde sus jardincitos cuando llega la primavera. Exactamente igual que la gente común.

Józsefváros

Todo el barrio se ofrece en alquiler. Sus inquilinos son el futuro de Hungría: estudiantes de Medicina en prácticas, filósofos de espíritu refinado, funcionarios de la Biblioteca Municipal. Por las noches riegan con unas gotas de vino sus calenturientos cerebros a punto de arder en la barra del Adria Hajóban, donde el bullicio es mayor y más espontáneo, el humo más denso y el amor cortesano más dulce que el de Montparnasse. Con el paso del tiempo, todos los inquilinos adquieren renombre. Pero nadie sabe a ciencia cierta quiénes son sus caseros. Dónde se hallan todos los hombres que dejaron semejante turba de viudas y huérfanos. La casera acude si tocan al timbre, sobre la cabeza lleva una redecilla parecida a la bigotera de los tiempos de mi padre, y reprende al inquilino de turno que aún sigue acostado. Con los años todo el cuerpo de la casera se transforma en oído, carece de vida propia, se diluye por completo en la vigilancia de su inquilino, asimismo pierde todo interés en sus propios antepasados, cuyos retratos cuelgan en la habitación, un poco por encima de las flores de papel pero por debajo del trofeo de una gallina real disecada.

Y usted, sin embargo, recelará de algún misterio cuando al ruar solitario por las calles de este barrio en vísperas de la Navidad, no pueda librarse de la idea de que la casera, entre sus botes de conserva, guarda una receta, el secreto del orden absoluto de la vida que solo florece en los Józsefváros del mundo entero, bajo la apariencia de jovencitas de cabellos dorados.

Fragmentos extraídos de Budapest. Guía para marcianos, novedad de Libros de Trapisonda.


Budapest. Guía para marcianos está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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