Inicio»Desde fronterad»Apopaya 1947. Un soldado narra la sublevación indígena boliviana [Por Claudio Ferrufino-Coqueugniot]

Apopaya 1947. Un soldado narra la sublevación indígena boliviana [Por Claudio Ferrufino-Coqueugniot]

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Encuentro

Domingo por la mañana, octubre. Joaquín se sienta en un k’ullu de árbol, remanente de un par de inmensos molles que teníamos acá –aclara. Uno macho, uno hembra. El macho daba diminutas flores amarillas; el otro, frutitos rojos que devoran los chiwalos. Los vecinos nos demandaron, alegando que las raíces levantaban el piso de sus hogares y tuvimos que cortarlos, cuenta.

El patio está entre dos casas. La principal, delante, poblada de fantasmas, dice, porque cree que en su momento este fue lugar de crimen, en la pretérita oscuridad, cuando desde aquí hacia el oeste se extendían humedales que le ganaron el nombre de p’ujru (depresión, en quechua). La segunda es pequeña, práctica, de ladrillo visto y grandes ventanales. Allí vive. En la otra, su hija. Ningún inquilino sobrevivió la pesadez del ambiente, de sombras de niños y golpes de puerta a medianoche.

El sol cae de lleno en el vestíbulo de cerámica. Una mixtura de maceteros ofrece colores y plantas. Las flores violetas de santa Rita se entrelazan con el tronco del paraíso dando un ferviente tono cochabambino a la cita.

En la radio suenan tangos de la guardia vieja, un programa eternizado por los años en su hogar, con gusto argentinizado por el tiempo de estudio y disipación en Córdoba, en una fallida carrera de ingeniería, y luego en la sensatez de su esposa santafesina que terminó amando Cochabamba más que él y cultivando seis hijos.

 

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Unancha quechua-aymara, de Ramos Huanca Dennys

Ese año, el 46, salí bachiller. El 4 de enero del 47 me presenté voluntario al servicio militar que, siendo obligatorio, no consideraba para sus filas a menores de 18 años como yo. La Muyurina, donde aún sigue el cuartel, era una explanada llena de indios acurrucados y vendedoras de comida. Los reclutas, la mayoría de la clase baja citadina, pocos indígenas, se despedían de sus madres como si partiesen a una guerra inexistente.

Se ensimisma. Tocan el tango Destellos en la radio. Me recuerda a mi mujer, susurra. Escuela de Clases Sargento Maximiliano Paredes, se llamaba el lugar donde me presenté. No pertenecía a la clase oligárquica, pero mi familia venía de antes, y era bien considerada en aquella esmirriada sociedad de abundantes mestizos y escasos blancos. Además yo desciendo de héroes, afirma, en una frase que se evaporará en el espacio de nuestra charla y que me arrepiento de no haber agarrado por el cabo.

Le pregunto por qué, ya que habló de ello, no había indios en las filas del ejército. En otros lugares sería diferente, pero la Muyurina era cuartel de extramuros. Aunque a mediados de año llegaron muchos aymaras en camiones, levantados de pueblos del sur cochabambino o de la cercana Oruro, la mayoría de los internos pertenecía al lugar. Uno de esos aymaras, Valetín Apaza Ticona, recuerdo, fue designado para ocupar la litera encima de la mía. Caían los piojos día y noche sobre las frazadas, el rostro, los cabellos. Ellos los trajeron. Los sábados, cuando salía de asueto, mi madre me hacía desvestir a la entrada de la casona de la calle Lanza y con un palo levantaba mi ropa y la ponía a remojar en gasolina en una usada lata de manteca. Luego me mostraba los animalitos muertos, en fila en todas las junturas, casi con instinto cuartelario. Así durante los nueve meses y veintiún días que presté servicio.

Las hijas de Joaquín desenvuelven unas salteñas de un papel sábana blanco. Son tradicionales –para que no haya confusión con las que venden en carritos por la calle, rellenas de quién sabe qué–. Me he desacostumbrado algo al picante, pero me animo con un par de súper. No están mal, sabrosas. Las acompañamos de refresco de naranja en extremo dulce, lo anoto.

(…)

[Este texto es el comienzo de uno de los artículos que conforman la selección Antolojía. Cinco años contra el ruido (fronterad, 2014). Lo puedes encontrar en papel en cualquiera de las tiendas VIPs de Madrid y en nuestra tienda online siguiendo este enlace]

Más artículos cada semana en fronterad]


Sobre el autor: Claudio Ferrufino-Coqueugniot nació en Cochabamba en 1960. Reside en Aurora, Colorado (Estados Unidos). Premio Nacional de Novela 2011 con Diario secreto,premio Casa de las Américas 2009 con El exilio voluntario. También ha publicado Crónicas de perro andante, en coautoría con Roberto Navia; El señor don Rómulo (novela), 2002, y Virginianos, 1991. Es columnista de varios diarios bolivianos.


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